Veinte años de matrimonio… y todavía no solicito el divorcio

Crónicas de una abogada, un marido pachochento y un amor que aprendió a sobrevivir a sus propias controversias.

Llevo veinte años casada con Ronald.

Veinte años. ¡Se dice rápido!

Dos décadas de amor, complicidad, desacuerdos, reconciliaciones y una cantidad considerable de situaciones que, de no existir el cariño, probablemente ya habrían terminado en un tribunal arbitral.

Porque una cosa es enamorarse y otra, muy distinta, es convivir.

Cuando una se enamora, cree haber encontrado a su compañero ideal: atento, encantador, comprensivo y dispuesto a compartirlo todo. Lo que nadie te advierte es que ese «todo» incluye las preocupaciones, las diferencias de opinión, las decisiones domésticas y, sobre todo, los distintos conceptos que cada uno tiene sobre el tiempo.

Y aquí debo detenerme.

Porque Ronald tiene una característica que merece un capítulo aparte.

¡Es pachochentoooo!

Pero pachochento de verdad.

De esos hombres que no conocen la urgencia, que pueden tomarse su tiempo para cualquier cosa y que parecen vivir convencidos de que el mundo seguirá girando aunque todo se haga mañana.

Mientras yo ya pensé, decidí, organicé y ejecuté, Ronald todavía está considerando tranquilamente por dónde empezar.

Yo digo: "¡Vamos, que se hace tarde!".

Y él, con una serenidad que a veces me parece una provocación, responde: "Ya voy…".

Ese "ya voy"  merece un estudio científico. Porque puede significar cinco minutos, media hora o un período absolutamente indeterminado.

Y lo más extraordinario es que él no parece preocupado.

¡La preocupada soy yo!

Hay momentos en los que lo miro y pienso: "¡Qué suerte haber compartido mi vida contigo!".

Y otros en los que pienso: "Señor, dame paciencia… porque si me das fuerza, terminamos en las noticias".

Pero aquí seguimos.

El matrimonio como contrato de duración indeterminada

Como abogada, he llegado a la conclusión de que el matrimonio debería incluir cláusulas mucho más detalladas.

Por ejemplo, una cláusula que establezca qué significa exactamente "ahorita".

Otra que determine el plazo máximo para salir de casa después de anunciar "ya estoy listo".

Y una especialmente importante: el silencio de la esposa no debe interpretarse automáticamente como conformidad.

A veces significa que está evaluando sus opciones legales.

También debería existir un procedimiento de solución de controversias para esos momentos en los que ambos estamos absolutamente convencidos de tener la razón.

Aunque debo reconocer que Ronald tendría derecho a presentar sus descargos.

Después de veinte años, seguramente también tendría un expediente bastante voluminoso sobre mí.

Y, conociéndolo, se tomaría su tiempo para presentarlo.

El amor también tiene sus tiempos

Con los años he descubierto algo que no comprendía cuando era más joven: no todas las personas aman, piensan, sienten o reaccionan de la misma manera.

Algunas vivimos apresuradas, intentando resolverlo todo, anticipándonos a los problemas y preocupándonos incluso por aquello que todavía no sucede.

Otras, como Ronald, parecen tener una relación mucho más amistosa con el reloj.

Y aunque esa diferencia puede desesperarme, también me ha enseñado algo.

Que no todo tiene que resolverse inmediatamente.

Que a veces es necesario detenerse.

Que la vida no siempre necesita tanta prisa.

Quizá yo le he enseñado a Ronald que hay cosas que no pueden esperar eternamente.

Y quizá él me ha enseñado, aunque sea a punta de poner a prueba mi paciencia, que no todo merece convertirse en una emergencia.

No significa que hayamos dejado de discutir.

¡Por supuesto que no!

Significa que, con el tiempo, hemos aprendido que nuestras diferencias no tienen por qué convertirse en distancias.

Amar no es vivir en una eterna luna de miel

Hay algo que pocas veces se dice sobre los matrimonios largos.

El amor cambia.

Ya no siempre tiene la intensidad de los primeros encuentros ni necesita grandes demostraciones para hacerse presente.

A veces el amor está en una conversación al terminar el día, en una preocupación compartida, en acompañarse durante los momentos difíciles o simplemente en saber que, cuando todo parece complicarse, hay alguien con quien seguir enfrentando la vida.

También está en aprender a pedir perdón.

En reconocer que no siempre tenemos la razón.

En comprender que ganar una discusión no necesariamente significa haber ganado algo importante.

Y, sobre todo, en aceptar que la persona que elegimos no está obligada a convertirse en una copia de nosotros mismos.

Porque amar no es moldear al otro a nuestra conveniencia.

Es aprender a caminar juntos, incluso cuando uno quiere correr y el otro todavía está buscando sus zapatos.

Veinte años después…

Si alguien me preguntara cuál es el secreto de un matrimonio duradero, tendría que confesar que todavía estoy investigándolo.

Sospecho que intervienen el amor, el respeto, la complicidad, una extraordinaria capacidad para perdonar pequeñas tonterías y, definitivamente, mucho sentido del humor.

Porque hay discusiones que, vistas con el paso de los años, terminan siendo anécdotas.

Hay diferencias que aprendemos a aceptar.

Y hay momentos en los que descubrimos que la paz vale mucho más que tener la última palabra.

¿Volvería a casarme con Ronald?

Depende.

¿Me lo preguntan antes o después de que me diga «ya voy» por quinta vez?

Porque hay días en los que respondería que sí, sin pensarlo.

Y otros en los que solicitaría una ampliación de plazo para emitir mi pronunciamiento.

Pero, bromas aparte, veinte años no se construyen únicamente con los días felices.

Se construyen también con las dificultades superadas, con las veces que nos equivocamos, con las conversaciones pendientes, con los esfuerzos por comprendernos y con la decisión de seguir caminando juntos aun cuando la vida no resulta sencilla.

Hoy sé que un matrimonio duradero no es aquel en el que nunca existen desacuerdos, sino aquel en el que ambos encuentran razones para seguir construyendo algo valioso a pesar de ellos.

Y si algo he aprendido es que el amor verdadero no siempre se parece a las historias románticas.

A veces tiene cansancio, preocupaciones, diferencias de carácter y una paciencia que parece estar permanentemente sometida a evaluación.

Pero también tiene memoria.

La memoria de todo lo vivido, de lo que hemos construido y de las razones por las que un día decidimos compartir nuestras vidas.

Veinte años después, Ronald sigue siendo ese hombre al que puedo amar profundamente y querer mandar a la luna en un mismo día.

Y quizá esa sea una de las formas más sinceras del amor que madura: descubrir que la convivencia no consiste en encontrar a alguien que nunca nos desespere, sino en aprender a quererlo también con sus imperfecciones, sin dejar de reconocer las nuestras.

Porque al final, el matrimonio no es una competencia para determinar quién tiene la razón.

Es una historia que se escribe entre dos.

Con errores, aprendizajes, risas y segundas oportunidades.

Y, en nuestro caso, con un pequeño detalle adicional:

Yo sigo esperando que Ronald se apure.

Y Ronald sigue convencido de que no hay ninguna prisa.

Pero aquí estamos.

Veinte años después.

Todavía juntos.

Todavía aprendiendo.

Y todavía eligiéndonos.

Aunque, Ronald, amor mío, si estás leyendo esto…

¡APÚRATE, QUE SE NOS VA LA VIDA! 😂❤️

Carmen Rosa Dominguez Hurtado
Abogada, Árbitra, Magíster y esposa con veinte años de experiencia en resolución de controversias matrimoniales.

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